La Pascua de la Libertad

pascua siete aguas 2016 1

Si tuviera que identificar con un título lo vivido estos días en Siete Aguas, lo haría con el de la Pascua de la Libertad.

De vuelta en casa, quise inmediatamente repasar las notas que tomé a lo largo de las charlas, celebraciones, testimonios que llenaron en estos días. No necesito experimentar más de lo que ahora siento. Tengo una fuerte sensación de renovación, de estar situada en el camino adecuado, de plenitud; de, en definitiva, consolación. Pero también soy muy consciente de que cuando venga la niebla, y con más razón la noche -que sin duda vendrán, como ya han estado antes-, será bueno tener huellas físicas de este encuentro. Cuando crea que sentir aquel beso fue un sueño, me gustará leer esto y, como si estas líneas fueran la marca física de Sus labios sobre mi piel, dar crédito al hecho de que fui tocada por Jesús resucitado. Por eso leía anoche, domingo de Resurrección, recién llegada, mi libreta; y por eso escribo esto. También sé que, si comparto públicamente estas líneas, mi experiencia puede caer en un terreno donde en este momento la esperanza es muy necesaria. Porque, como nos transmitió una de las sonrisas más luminosas de Siete Aguas, que también es uno de los corazones más enamorados de Jesús que conozco… “¿Hay algo más grande que sentirse resucitado? ¡Sí! Hacer que resucite alguien más”. Con esta doble voluntad nacen estas palabras.

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Tengo en mi cuaderno frases que se han ido pronunciando en la capilla, en los paseos exteriores, en conversaciones íntimas con mis amigos, en los encuentros fortuitos con quienes pasábamos estos días juntos. Otras muchas no están ahí, pero las tengo todavía frescas en la cabeza. Al leerlas o recordarlas una tras otra, tengo la sensación de estar ensartando las cuentas de un precioso collar que, al final, y por la cantidad de piezas distintas, aparece como una exuberante e inimitable joya. Delicadas cuentas de cristal o de marfil, contundentes formas de barro, sonoras bolitas metálicas… Todos nosotros, distintos y únicos, hemos sido testigos y protagonistas, con nuestra irrepetible condición, de un precioso trasiego de sentimientos, oraciones y vida.

Hemos disfrutado también de un tesoro musical extraordinario; un grupo que hacía conmovedoras oraciones en forma de canción. Aprovechando la seguridad de que la armonía la ponen ellos, me gustaría componer una melodía con todas estas piezas del collar que me he traído en mi libreta. Es mi regalo de agradecimiento a todos vosotros.

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El sentido de esta Pascua
No hemos venido a recordar; venimos a reactualizar el amor. Queremos volver a reconocer esos gestos de Jesús que yo necesito para vivir ante esas muertes que llevo dentro y que me martirizan: inseguridades, miedos, preocupaciones, falta de alegría… Y es que no podemos seguir centrados en todo eso que no sé hacer o, sencillamente, no hago, en lugar de observar todo el amor que ya hay en mi vida y que yo estoy haciendo crecer, no como una superwoman sino como una superheroína de lo cotidiano. Vivir como esclavo no es otra cosa que vivir con miedo, y en esta Pascua queremos aprender a vivir sin miedo: no queremos ‘tratar temas’ sino ‘favorecer experiencias’ que vayan en esta dirección.

La Cruz
Al contemplar a Jesús en la Cruz, es muy importante no caer en sentimentalismos. Él no quiere darnos pena, sino provocarnos. Como a sus discípulos, Jesús nos tiene asombrados por su absoluta libertad. Nos provoca con la sugerencia de que hay una vida posible fuera de la clave de la seguridad. Nos enseña a vivir sin cálculo, sin controlar todo, solo con su Providencia. Porque cuando no tienes ninguna imagen que defender ante los demás, eres tan libre que sale lo más divino que hay en ti. Y ante el dolor que se nos presente, la clave que aporta el sentido es acompañarlo de amor, como Él mismo hizo. La Cruz es la auténtica escuela del desprendimiento: conocerla por propia experiencia es saber que     no tiene sentido ser arrogante; nuestro ‘tenderete’ se puede venir abajo en un momento: no somos dueños de nuestros triunfos. Y es que la grandeza de la cruz consiste en enraizarnos en la humildad.

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Jesús resucitado
Su amor es infinito y eterno: siempre que acudamos, Él estará; siempre que llamemos, Él responderá. La gran cruz de muerte, la que no tiene ningún sentido, la tiene quien no entiende la libertad: quien cree que será salvado por su cuenta corriente, por su productividad, por su confort; el que vive de las apariencias; quien no es capaz de descentrarse de sí mismo; quien cree que puede vivir y controlar su vida sin más ayuda que sus talentos y sus capacidades humanas; quien, en definitiva, quiere resucitar con sus propias fuerzas e ignora que todo lo que es y tiene le ha sido dado. Jesús viene a sacarnos del sufrimiento: no a que nos quedemos allí, clavados en la Cruz. No deja de trabajar en nuestro corazón. Incluso tras su muerte, Jesús bajó al Hades a realizar sobre Adán su tarea de salvación, sin descansar, sin escatimar esfuerzos.
Es la fe la que da la alegría, la plenitud, la gratitud. Seguir ‘de lejos’ a Jesús es mediocridad; es huida, es falta de fe, y eso es en definitiva el gran fondo de nuestro pecado: lo que nos introduce en la tristeza y en las sombras. Dios respeta nuestras decisiones, pero necesita de nosotros, de querer salvarnos, de querer experimentar el gozo y la alegría, para realizar su acción.
Solo nos pide: “Sal de tu tierra”. Esta fe, como el amor, como la gratuidad, necesita alimento: con oración, con formación, con dedicación. Sin ello, la falta de fe se instala y, con ella, la desesperanza y la tristeza.

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Misión
Nuestra misión como cristianos es demostrar que nuestra vida es diferente: no se trata de hacer proselitismo ni ganar adeptos. Aprendamos de Jesús, que no pasa la vida idealizando, sino acogiendo e interviniendo en la realidad que tiene delante, en ese metro cuadrado de influencia del que todos disponemos y en el que podemos convertir las pequeñas muertes de nuestro entorno en vida.

En estos días, cada vez que uno de nosotros abría su corazón y se ponía allí, delante de todos, tras unos momentos de diminuta agonía y vértigo, pero agonía al fin, se convertía para todos los que no le conocíamos, en amigo. Necesitábamos buscarle, después de exponerse a los oídos y la vista de todos, para saludarle y agradecerle su testimonio. En esos momentos, me permitía soñar que era posible un lugar en el que los todos esos extraños para nosotros, refugiados o perseguidos del mundo, podían, con solo mostrar su rostro y sus razones, sentirse convertidos en amigos, acogidos, abrazados, protegidos, queridos.

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Dentro de unos años, cuando quiera recordar la primera vez que me sentí discípula y no espectadora; la primera vez que supe que lo que me pedía el Señor era precisamente lo que yo más íntimamente necesitaba; la primera vez que experimenté de manera inequívoca que seguirle no era un camino de carga sino de liberación, que acompañarle significaba precisamente ser yo misma y disfrutar de ello, sabré que fue en aquella Pascua. Puede que no recuerde las fechas; pero sí los nombres y las caras de quienes me acompañasteis, con quienes tuve la certeza de que el paso del Señor por mi vida no era una intuición o un destello sino una concreción física. Sabré entonces que estoy refiriéndome a la Pascua de este año. A la Pascua de Mi Libertad. Gracias a toda la comunidad del Verbum Dei por poner los medios para hacer posible esta experiencia.

¿Jugar en la Champions? Para qué, si tenemos el paraíso, con sus amebas, arácnidos, virus, elefantes, y abeja mayas en un poblado valenciano. ¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!

Isabel

 

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